Duvan Cervantes FuentesTodo ocurrió hace dos semanas cuando me encontraba con mi combo: Andrés, Jennifer, Joan, Cristian, Ana, Pedro, Antonia y yo. Estábamos en la Plaza de la Paz frente a la Catedral, en Barranquilla y de repente se acercó un hombre que inspiraba una mala sensación, nos ofreció unas hermosas manillas. Ninguno tenía dinero pero él dijo que eran un regalo. Todos aceptaron incluso yo. Cada uno guardó un silencio muy serio, Andrés eligió una de cuatro colores trenzada; Jennifer, una roja muy sencilla igual a la de Joan que lo único que cambio fue el color, azul. Cristian una trenza de color piel. Ana y Pedro eligieron la misma porque eran novios. Antonia notó que el vendedor le hacia una especie de hechizo a las manillas y me lo contó.
Yo estaba a punto de elegir la mía, me dio tanta rabia que les quité a cada uno de mis amigos las manillas y se las tiré al hombre en la cara. Luego, me miró como queriendo que yo no estuviera ahí para hacer su maldad. Todos se enojaron conmigo por hacerlo y después me apoyaron por lo que dijo el hombre. Todos se asustaron y nos fuimos. Al otro día, Andrés según reporte de medicina legal murió ahorcado con una cuerda igual a la manilla que había elegido y le hacia falta su rosario de cuello, estaba mordido y rasguñado.
Me asusté tanto que les conté mi hipótesis a Antonia y a Jennifer, quien se burló. Yo veía la angustia de Antonia, porque de pronto él se había suicidado por los problemas que tenía en su casa con sus padres. Yo sin embargo, el dije que posiblemente algo como Vudú o alianza con un espíritu se había unido a nosotros por esas manillas. Estábamos impactados, ella tenía miedo y me preguntó si podía quedarse en mi casa. Yo acepté y esa noche hablamos. Creo que por primera vez en la vida me había enamorado de alguien. Era tan delicada, sencilla, tímida, bella, calmada, además también me miraba igual como yo la miraba. Ocurrían cosas muy raras en la casa, el televisor se prendía y se apagaba solo, las llaves del lavamanos se habrían y se cerraba solas, las lámparas se prendían a media luz, se caían las figuras santas. . Esa noche se vivió un ambiente frívolo y tenebroso, macabro. Un ambiente como el de los cuentos de Edgar Allán Poe.
Me asusté tanto que les conté mi hipótesis a Antonia y a Jennifer, quien se burló. Yo veía la angustia de Antonia, porque de pronto él se había suicidado por los problemas que tenía en su casa con sus padres. Yo sin embargo, el dije que posiblemente algo como Vudú o alianza con un espíritu se había unido a nosotros por esas manillas. Estábamos impactados, ella tenía miedo y me preguntó si podía quedarse en mi casa. Yo acepté y esa noche hablamos. Creo que por primera vez en la vida me había enamorado de alguien. Era tan delicada, sencilla, tímida, bella, calmada, además también me miraba igual como yo la miraba. Ocurrían cosas muy raras en la casa, el televisor se prendía y se apagaba solo, las llaves del lavamanos se habrían y se cerraba solas, las lámparas se prendían a media luz, se caían las figuras santas. . Esa noche se vivió un ambiente frívolo y tenebroso, macabro. Un ambiente como el de los cuentos de Edgar Allán Poe.
Los dos asustados corrimos hacia la sala y tomamos el teléfono, llamamos a un grupo de espiritistas, amigos de mi familia, que llegaron a la casa la mañana siguiente. Conversé con Antonia sobre hechizos y amarres que se le puede hacer a una persona con o por medio de una prenda o utensilio domestico. Al llegar los investigadores de casos paranormales nos hicieron un baño liberador, pues una entidad demoníaca nos perseguía a los dos. Rezaron y purificaron la casa de la sala hasta el último rincón de los cuartos. Luego, todo fue normal, un ambiente de fábula y el amor entre Antonia y yo florecía. Entonces, nos enteramos de la defunción de Jennifer. Los partes dijeron que fue exceso de marihuana, pero los del combo sabíamos que ella era sana y era de la casa. Nos preguntábamos cómo la habría conseguido. Pero caímos en cuenta que no la consiguió ella, si no que se la dieron. Pero la pregunta era quién.
Después, el ambiente del combo se volvió frío. Todos estábamos preocupados y yo decidí reunirnos en mi casa. Todos aceptaron excepto Joan que estaba deprimido. Cuando hablaba con él en la calle y trataba de convencerlo, un bus sin identificación lo atropelló. El bus sólo se le vio el color, era rojo. Todos salimos a verlo y tenía puesta la manilla que él había elegido. Rápidamente, llegaron las autoridades e hicieron el levantamiento del cadáver. Pasados cinco minutos todos estaban histéricos y nerviosos y Pedro dijo que la muerte nos perseguía y que era culpa mía por haberle gritado a ese hombre y hacerlo decir lo que dijo, todos se quedaron muy pensativos y uno por uno se fueron e incluso Antonia. Ella se notaba con rabia y miedo. Pasados cinco días desperté en una correccional, pues cuentan que apuñalé un hombre que vendía manillas.
Allí me enteré que Cristian desapareció de la faz de la tierra y no se sabía nada de él. Ana y Pedro murieron en su auto mientras estaban juntos, el auto se incendió y estalló. Supe que Antonia se iba para New York y decidí escaparme para despedirme de ella, pero no tuve necesidad, uno de los vigilantes me dijo que yo mismo me había internado ahí dizque para no cometer otro acto vandálico. Me dejaron salir y fui rápidamente al aeropuerto y la vi cuando iba a subir, toqué su hombro y ella me sonrió sin decirme nada, yo le dije que tuviera buen viaje. Me dio un cálido y reconfortante beso en la mejilla y me dijo: “adiós, nos veremos cuando algún evento nos encuentre”. Una hora después su vuelo se accidentó y murieron todos los pasajeros incluyendo a Antonia, mi gran amor. Tomé un arma y en voz alta repetí las malditas palabras que dijo ese hombre hace exactamente dos semanas, las recuerdo muy bien, fueron: “cada uno de ustedes morirá por su gusto, ninguno burlará o desviará estas manillas para tener o halagar su vida”. Me disparé en el pecho luego de recordar a todo el combo. Ahora en esta clínica cuando me miro las manos y veo que estoy vivo, me pregunto: ¿Por qué me pasa esto a mí?
Después, el ambiente del combo se volvió frío. Todos estábamos preocupados y yo decidí reunirnos en mi casa. Todos aceptaron excepto Joan que estaba deprimido. Cuando hablaba con él en la calle y trataba de convencerlo, un bus sin identificación lo atropelló. El bus sólo se le vio el color, era rojo. Todos salimos a verlo y tenía puesta la manilla que él había elegido. Rápidamente, llegaron las autoridades e hicieron el levantamiento del cadáver. Pasados cinco minutos todos estaban histéricos y nerviosos y Pedro dijo que la muerte nos perseguía y que era culpa mía por haberle gritado a ese hombre y hacerlo decir lo que dijo, todos se quedaron muy pensativos y uno por uno se fueron e incluso Antonia. Ella se notaba con rabia y miedo. Pasados cinco días desperté en una correccional, pues cuentan que apuñalé un hombre que vendía manillas.
Allí me enteré que Cristian desapareció de la faz de la tierra y no se sabía nada de él. Ana y Pedro murieron en su auto mientras estaban juntos, el auto se incendió y estalló. Supe que Antonia se iba para New York y decidí escaparme para despedirme de ella, pero no tuve necesidad, uno de los vigilantes me dijo que yo mismo me había internado ahí dizque para no cometer otro acto vandálico. Me dejaron salir y fui rápidamente al aeropuerto y la vi cuando iba a subir, toqué su hombro y ella me sonrió sin decirme nada, yo le dije que tuviera buen viaje. Me dio un cálido y reconfortante beso en la mejilla y me dijo: “adiós, nos veremos cuando algún evento nos encuentre”. Una hora después su vuelo se accidentó y murieron todos los pasajeros incluyendo a Antonia, mi gran amor. Tomé un arma y en voz alta repetí las malditas palabras que dijo ese hombre hace exactamente dos semanas, las recuerdo muy bien, fueron: “cada uno de ustedes morirá por su gusto, ninguno burlará o desviará estas manillas para tener o halagar su vida”. Me disparé en el pecho luego de recordar a todo el combo. Ahora en esta clínica cuando me miro las manos y veo que estoy vivo, me pregunto: ¿Por qué me pasa esto a mí?

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