Nathalí Díaz AcostaCon ganas de huir de la faz de la tierra, pensé en hacer lo que tenía silenciosamente planeado desde un comienzo, tal vez para muchos sea algo descabellado pero en realidad era la única opción que tenía en ese momento a mi alcance.
Esperaría a que todos se durmieran y así, mi amiga pasaría por mí a las once. Con espíritu desesperado y con ganas de huir, abrí la puerta de mi alcoba y noté que todo estaba a oscuras y en completo silencio. Cuando me dispuse a bajar las escaleras de un momento a otro vi que se encendía una luz, venia de la cocina, me di cuenta que era mi papá quien estaba allí bebiendo un poco de agua.
No tuve más recurso que regresarme a mi dormitorio antes de ser descubierta, con la gran frustración de saber que mi primera estrategia había fallado. Resolví esperar un tiempo antes de tomar otra alternativa. Después de pensarlo mucho decidí, usar la ventana. Sin darme por vencida salté por ella, ¡Pero que tonta, Caí en la habitación de mis padres! Las consecuencias de no conocer tu propia casa. Ellos ocupados en su interacción mutua, no se dieron cuenta de mi presencia, con cautela y en forma sigilosa, me fui alejando de la alcoba.
Ya casi llegando a la terraza, con mi peinado desecho y mi vestido un poco rasgado, fui sorprendida con el Rottweiler de mi vecino, como un carro de carreras, pisé el acelerador y huí.
Al fin llegué al carro de mi amiga, sin un zapato, con mi vestido por la mitad y mi cabello como un estropajo, de nuevo fui sorprendida por el destino, un policía de tránsito le había puesto un parte a mi amiga y le quitó el carro.
Todo lo malo que me había pasado lo tomé como un desafió no me di por vencida y como pude solucioné el problema del carro. Lo que me propuse, fui a mi fiesta con mis trapos, y un retoque en el cabello. Cuando llegué, toda ilusionada, pensando que la iba a pasar muy bien, la fiesta ya había terminado y todos desfilaban hacia sus casas.

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